HACIA UN FEMINISMO FREUDIANO

I- El propósito de situar un feminismo freudiano es el de hallar una dirección de pensamiento que dé lugar a una toma de posición que pueda ir más allá de las dos lecturas más usuales en torno al entrecruzamiento entre Freud y el feminismo.

  Una de ellas es la defensa de Freud, es decir, toda la transmisión ‒oral y escrita‒ de la teoría freudiana en pos de preservarlo de cualquier crítica o lectura que no sea la que se supone ya está establecida, incluyendo los intentos de afirmar que no era machista. Sin embargo, como Freud ha muerto, todo lo que se transmite sobre su obra es una interpretación del autor que supone una ética y una política.

  Creer tener “la verdad de Freud” hace de su enseñanza un dogma y por lo tanto, un asunto más bien religioso. Podríamos decir incluso, que el mejor momento de la obra freudiana es precisamente cuando el autor dejó de defenderse y se dedicó de lleno a la escritura como modo de transmitir algo del oficio imposible de psicoanalizar. Esto implica estar al tanto de que no se escribe para agradar.

  Además, no olvidemos que Freud nunca se psicoanalizó, por lo tanto, sus escritos no sólo tienen el propósito de demostrar una teoría de la sexualidad y lo inconsciente, sino que también son un modo de hacer algo con ese resto que siempre queda de una escucha psicoanalítica.

  En términos lacanianos el analista es al menos dos: el analista que produce efectos, y el analista que teoriza esos efectos. Y Freud teorizaba todo el tiempo lo que producía su escucha. Por esto mismo, quitarle a la escritura freudiana sus propias preguntas nos proporciona un Dios todopoderoso cerrado a cualquier relectura posible.

  La otra lectura es la del feminismo, que reduce la teoría freudiana a un mero biologicismo, lo cual solamente produce un ataque a sus producciones con una intención de negarlas y desecharlas. Esta otra posición reproduce una queja sobre la misoginia de Freud que lo vuelve impotente y que le quita toda posibilidad de ubicar aquellos puntos en que el psicoanálisis y el feminismo convergen.


II- Ahora bien, ¿qué implicaría ir hacia un feminismo freudiano? Primero tenemos que subrayar el hacia, precisamente porque no se trata de una teoría estanca y repetitiva a la que tenemos que proteger, sino de una dirección, teniendo en cuenta lo principal que es su movimiento.

  Es el movimiento del feminismo lo que encuentra un punto de unión con el psicoanálisis, es decir, no dar respuestas cerradas ni taxativas o recetas, no subsumirse a slogans ni reducir la práctica a estándares o dogmas.
Se trata de un feminismo freudiano y no de un psicoanálisis feminista porque el psicoanálisis no es ni machista ni feminista. En todo caso, lo son quienes lo practican.

  El psicoanálisis es una experiencia única e irrepetible, que los y las analistas conducimos desde el propio deseo. En este sentido, un maestro como Freud lo es fundamentalmente por la transmisión de esa parte de fracaso que hay en toda existencia, que él llamó castración.

  Además, es a partir de la obra freudiana que el feminismo encuentra un origen, no porque no existiera antes de Freud, sino porque paradójicamente Freud revela que las mujeres son pensadas como mutiladas, que la envidia es el modo en el que se constituye su subjetividad y que la cura se da a partir de un hijo.
Es decir, es en Freud donde el feminismo puede extraer los términos y conceptos que funcionan como dogmas y transformarlos.

  En este sentido, no se resuelve el deseo de hijo ‒que está situado como la mayor realización de toda mujer‒ únicamente visibilizando que se trata de un mandato; es necesario además pensar nuevos lugares para la maternidad, como también otras formas de realización y creación de las mujeres para que no queden reducidas a la procreación o reproducción.

  Se trata además de que las mujeres puedan hallar modos de trascendencia que no sean bajo la disyuntiva de ser o no ser madres, es decir, de querer tener o no querer tener hijos. Esta dualidad deja a la maternidad en el centro de la vida de las mujeres, porque ya sea por la positiva o por la negativa, las posibilidades de producción son en torno a ese supuesto deseo de hijo.


Sofía Rutenberg

III- Sabemos que Freud construyó el dispositivo psicoanalítico escuchando mujeres. Lo que no pudo escuchar es que sus pacientes se quejaban de los inconvenientes y las injusticias de ser mujeres. Esto Freud lo interpretó como un enigma universal sin tener en cuenta que sus pacientes querían ser tenidas en cuenta más allá de su sexualidad y poder ser valoradas también por su inteligencia y sus convicciones.

  Freud formuló la pregunta “¿qué quiere una mujer?”, y esto porque las oía; se esforzaba en hacerlo porque esto causaba su deseo. Las oía, sí, pero sin poder escuchar las reivindicaciones de sus pacientes mujeres. Es cierto que en esa época las mujeres sólo tenían el destino del matrimonio y los hijos y Freud les daba, podríamos decir, un empujoncito. Pero no es cierto que sus pacientes no le hablaran de estudiar o del rechazo de casarse con algún viejo ricachón.

  Las mujeres también le hablaban de la muerte, del dolor de ser quienes cuidaban a los enfermos. Veían morir a los seres queridos, y eso era considerado una naturaleza. Ni hablar de la obediencia al hombre, la servidumbre de las tareas del hogar y los “buenos modales” pensados en esa época como parte de la educación de una mujer.

  Freud por supuesto que oyó todas estas problemáticas, denuncias o quejas. Sin embargo, no necesariamente las sintomatizó como tales.


IV- Un feminismo freudiano supone restituir aquello que fue despojado del diván de Freud, porque no es sin su obra que podemos situar el “horror básico hacia la mujer” ‒el espanto que produce la opinión de las mujeres‒ que lo llevó a presumir respuestas, teorías y especulaciones sobre la sexualidad femenina como un modo de adelantarse, de tomar ventaja para anular cualquier deseo que no sea el masculino.

  La pregunta que plantea Freud como universal “¿qué quiere una mujer?” hay que pensarla teniendo en cuenta que sitúa a las mujeres como calco del modelo masculino y por lo tanto, nos lo aclara Simone de Beauvoir, como un macho castrado.

  Una de las defensas que se hacen sobre Freud es que hay que tener en cuenta la época en la que escribía. Sin embargo, el motivo de esas sorderas o puntos ciegos exceden el contexto, dado que el feminismo ya existía. No olvidemos que Freud le dedicaba algunos pie de página a las críticas feministas. Tampoco olvidemos que en la actualidad también, referenciando a Freud o Lacan, se siguen universalizando preguntas y condenándolas a algo parecido a una esencia femenina.


V- En este sentido, ir hacia un feminismo freudiano supone dar cuenta que Freud es un síntoma, porque es el problema y la solución al mismo tiempo. Es gracias a su descubrimiento de que el inconsciente habla, que existe un saber no sabido, y que el deseo tiende a reprimirse que el psicoanálisis puede operar para hacer de lo obsoleto del sufrimiento del síntoma una potencia. Sin embargo, es necesario formular una clínica que tenga en cuenta que el inconsciente no es algo abstracto, sino que se configura dentro de relaciones de poder.

  Es cierto que la anatomía puede ser destino. Pero un feminismo freudiano supone no una cómoda aceptación literal de ello, es decir, que según el sexo con el que se nace existe un destino prefijado; más bien, se tratará de situar una concepción de la libertad que suponga advertir cuál es ese destino marcado por la cultura de cada época, que en el caso de muchas mujeres es ser cuerpo-gestante, con el fin de no caer justamente en la neurosis de destino.

  Se tratará entonces de vislumbrar la mejor emancipación o separación posible de dicho destino anatómico ‒que no se reduce a lo anatómico sino que implica también una construcción sociohistórica‒ para que deje de ser destino y se convierta en una elección, ya sea de gestar o no, como también de poder elegir cómo maternar para aquellas que lo deseen.

  La invitación no es a dejar en desuso a Freud, porque negarlo es negar al psicoanálisis. Se trata de apropiarnos de su escritura y su ética ‒recordemos que Lacan lo hacía todo el tiempo pero en otra dirección‒ en pos de construir un horizonte clínico que sin eufemismos esté a la altura de la subjetividad de nuestra época.

Sofía Rutenberg

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